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Samir Saran: “India no quiere verse atrapada entre el binario Estados Unidos-China”

El analista indio analiza en conversación con EL MUNDO la situación geopolítica actual, el impacto del auge de Pekín en el Indo-Pacífico y la estrecha relación de India con Rusia

Bisagra entre Oriente y Occidente, India es un actor de primer orden en el tablero geopolítico. Es ya el país más poblado del planeta, dispone del tercer mayor presupuesto de defensa, es una potencia nuclear y ha sabido mantener cierto equilibrio en sus alianzas con Moscú y Washington, al tiempo que refuerza su importancia estratégica en el Indo-Pacífico frente al auge de Pekín y estrecha lazos con otros países no alineados del llamado Sur Global.

“Nos vemos como los garantes de la seguridad y la estabilidad en la región; tenemos que ser políticamente firmes para impedir que China socave no sólo la integridad soberana de India, sino también la de nuestros vecinos”. Son palabras de Samir Saran, presidente del Observer Research Foundation (ORF), comisario del Diálogo Raisina y presidente del Consejo del Secretariado Indio del T20, sobre el estado de la seguridad en el Indo-Pacífico, en conversación con EL MUNDO en Madrid, tras participar en una mesa redonda organizada por la Fundación Consejo España-India.

“Las conversaciones”, subraya, “importan ahora más que nunca”. En su calidad de comisario del Diálogo Raisina, Saran afirma que “se ha puesto demasiado de moda ‘cancelarse’ el uno al otro” cuando discrepan distintos actores geopolíticos. Por eso, tal y como advierte el analista, Nueva Delhi no se dejará atrapar entre los binarios del orden mundial actual: “India no está en el bando de nadie”.

El orden mundial actual está marcado por el tira y afloja geopolítico entre Rusia y Occidente, con el telón de fondo de la guerra en Ucrania, la creciente rivalidad sino-estadounidense y el paso del multilateralismo a la multipolaridad. ¿Qué lugar ocupa India en este tablero mundial?

A India no le gustaría ser necesariamente una de las piezas del tablero, sino más bien uno de los artífices de la partida de ajedrez. Nos gustaría ser un país con agencia política, dispuesto a asumir la responsabilidad de ayudar a diseñar y elaborar lo que surja de este periodo de turbulencias geopolíticas que usted ha esbozado, y creo que ésta es la transformación que hemos visto en las últimas décadas. Sin embargo, India es consciente de las realidades a las que todos tenemos que encarar, en concreto el paso del multilateralismo a la multipolaridad. El primero ha funcionado bien cuando ha habido una o dos superpotencias, pero aún está por probar con cinco, seis o incluso siete centros de poder diferentes. Es decir, el multilateralismo aplicado a un mundo cada vez más multipolar es un proyecto aún por emprender. Pero cuando suceda, India quiere ser uno de los países que ayuden a crear esa arquitectura de gobernanza mundial que sea capaz de acomodar esta nueva realidad de multipolaridad.

¿Y cómo se posiciona India en un mundo multipolar?

India no quiere verse atrapada entre los binarios que nos ofrece el orden mundial actual. Queremos poder forjar el camino que mejor nos convenga -que convenga al 16% de la humanidad-, el que nos permita crear un mundo que responda a las necesidades de los millones de jóvenes indios que aspiran a mejorar su calidad de vida. Por eso, considero que India se ha puesto del lado del ‘Equipo India’.

Históricamente, India se ha escudado en una postura de “no alineación” con ningún bloque, siendo ‘la amiga de todos’. ¿Es esto viable hoy?

India no tiene reparos en denunciar las acciones políticas de nadie. Que no estemos alineados no significa que seamos neutrales. El siglo pasado, nuestro país fue miembro fundador del Movimiento de Países No Alineados, que no era algo que se pretendiera valorar como algo estratégico. Se trataba de un colectivo de países que no comprometían su capacidad de decisión en función a los ‘bandos’ a los que pertenecían. Pero hoy sí es estratégico. La “no alineación” de hoy es una postura que no sólo adoptan países individuales, sino también organizaciones internacionales, como la Unión Europea. Si el mundo avanza hacia el binario de Estados Unidos frente a China, Bruselas no quiere estar ni en el bando estadounidense ni en el chino. Quiere hacer negocios con ambos, al igual que India. Y, desde luego, India no pertenece a ningún bando. Se le puede llamar “no alineación”. Se le puede llamar “multi alineación”. Incluso se le puede llamar “alineación estratégica”, pero India no está en el bando de nadie.

¿Cómo interpreta entonces la abstención india en las votaciones del Consejo de Seguridad de la ONU?

Según algunos países, como China y el Reino Unido, al abstenernos en las votaciones del Consejo de Seguridad hemos actuado contra Rusia, pero sin “alinearnos” del todo con Occidente. Pero nuestro voto no es un mensaje a Europa ni a Estados Unidos. Nuestro voto es un mensaje a Rusia: queremos que acabe la guerra.

Pero si India realmente quisiera que acabara la guerra, no se habría abstenido en la votación…

Rusia ha sido históricamente nuestro más firme defensor en el Consejo. Cada vez que se proponía una resolución adversa contra India, los rusos la vetaban. Ahora, para un país que nos ha prestado tanto apoyo en el plano internacional, una abstención india es un voto negativo que les dice que no nos estamos de acuerdo con lo que han hecho. Y pudimos hacerlo porque no pertenecemos al ‘Campo A’ ni al ‘Campo B’. Pero, ¿es esto un reflejo de nuestra relación con Rusia? Por supuesto que no, nuestra relación con Moscú va más allá de este incidente. La gente buena hace cosas terribles, las naciones honradas a veces se comportan como villanos. Pensemos en Estados Unidos en Irak. ¿Cuántos de nuestros amigos estadounidenses votaron en contra? ¿Cuántos se abstuvieron? Tal vez uno. Todos siguieron adelante con la destrucción; siguieron adelante con una clara violación de todos los principios del derecho internacional y de las normas internacionales porque a veces los buenos países tienen un momento de locura. Pero no ‘cancelamos’ a Estados Unidos, no dejamos de hablar con ellos por lo que hicieron. Por eso, hay que entender que nuestra relación con Rusia precede a la guerra. Es mayor que el conflicto.

¿Y la relación con Rusia por el gas?

Cada Estado tiene que cuidar de su pueblo, por eso todos han mantenido relaciones con Moscú en el sector energético. No se puede culpar a los indios por comprar energía a un país al que también se la compran. La energía no es un quid pro quo. La energía no influye en mi voto en la ONU. Es una mercancía que busco. Y, por cierto, hay que dar las gracias a India. Si no compráramos nuestra energía a Rusia, los precios del petróleo se habrían disparado. Hemos hecho un servicio al resto del mundo al poder adquirirlo, refinarlo y devolvérselo para que sus coches funcionen. Al fin y al cabo, los mercados energéticos son eso: mercados. No son acuerdos gubernamentales ni tratados. Se basan en los principios de precio, acceso, demanda y oferta. A eso es a lo que hemos respondido.

India asumió la presidencia del G20 el pasado diciembre bajo el lema ‘El mundo es una sola familia’. Sin embargo, en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores celebrada en marzo en Nueva Delhi, el titular indio no logró convencer a EEUU, Rusia y China para que emitieran una declaración conjunta sobre la guerra. ¿A qué retos se enfrenta India en lo que queda de mandato?

El mundo debería alegrarse de que el año pasado fuera Indonesia quien estuviera al frente del G20, y que este año sea India y el siguiente Brasil. Esta troika de países en desarrollo garantizará que el foro no muera. Si alguno de los miembros europeos hubiera estado al mando cuando estalló la guerra, el G20 se habría convertido sin duda en G19, G18 o incluso G17. Así que, si el foro sigue siendo solvente, será algo que estas presidencias, que casualmente están alineadas juntas, habrán conseguido. Por tanto, uno de los principales objetivos es garantizar que el G20 continúe como idea, como grupo, como foro para resolver algunos de los problemas más cruciales que se han visto eclipsados por la invasión rusa de Ucrania. Aunque no hubo una declaración conjunta, lo que sí conseguimos fue una declaración de efectos acordada entre todos los miembros. Pero si queremos ser ambiciosos en la búsqueda de soluciones tangibles sobre el clima, la tecnología y otras cuestiones financieras, tenemos que encontrar una respuesta a los dos párrafos sobre los que no llegamos a un consenso. De lo contrario, tenemos que ser lo suficientemente astutos como para darnos cuenta de que quizá necesitemos idear un nuevo formato para la resolución de conflictos, en el que tengamos un conjunto de tareas acordadas que llevar adelante y una secuencia de análisis divergentes de la situación política actual, que también podamos hacer constar, estemos de acuerdo o no.

Pekín no sólo compite por la hegemonía mundial frente a Washington, sino también por el control del Indo-Pacífico, donde India ha reivindicado su papel como proveedor de seguridad. ¿Qué percepción tiene de China?

Hace tres años, en una entrevista para un periódico indio, dije que China era a la vez un país moderno y medieval, una especie de Reino Medio, por así decirlo. Es moderno porque su patrimonio es fruto del auge de la tecnología, la fabricación y las cadenas de suministro. Sigue creyendo que es el Reino Medio y que el mundo debería girar a su alrededor, pero su mentalidad es medieval. Cree en el control estatal sobre la innovación, las empresas y sus ciudadanos. Y esa seguiría siendo una valoración justa de China hoy, tres años después. No he cambiado de opinión.

¿Es posible el diálogo con China?

China sueña con un mundo en el que sea uno de los principales centros de poder, y el único en Asia y el Indo-Pacífico, un modelo de unipolaridad que India rechaza tajantemente. Hay que impedir que China socave la integridad soberana india, pero no podemos desear que desaparezca. Tenemos que sacar músculo político para hacer frente a sus amenazas. Tenemos que desarrollar una fuerte capacidad militar para impedir que se aventuren en nuestro territorio. Pero, sobre todo, tenemos que mantener un diálogo sensato con Pekín: ha de ser una condición previa para una coexistencia sostenible.

¿Qué importancia tiene la alianza Quad para las relaciones estratégicas de India en el Indo-Pacífico?

Se subestima el impacto de esta alianza. Somos cuatro países muy distintos, cada uno con un planteamiento distinto de la política interior y exterior, pero aun así compartimos la misma valoración del balance de poder del Indo-Pacífico: China está alterando la paz. Y hemos sabido dejar de lado nuestras diferencias para tratar de contrarrestar el auge de Pekín en la región. Al manifestarse así estos cuatro actores, el Quad se ha convertido en el catalizador del surgimiento de otras agrupaciones, como AUKUS, que tratan de impulsar mecanismos de gobernanza regional. Para nosotros, el Quad representa la confirmación de un Indo-Pacífico multipolar que no está dispuesto a dejarse moldear por el modelo de unipolaridad que China ofrece.

¿El Quad busca competir directamente con China o pretende entablar relaciones y cooperar con ella?

Si consideramos los países que componen el Quad y sus respectivos acuerdos comerciales bilaterales con China, podemos ver que cada uno de ellos tiene a China entre sus tres o cuatro principales socios comerciales. Así pues, estos cuatro países son actores geopolíticos que son capaces de tomar decisiones racionales: no quieren ‘cancelar’ a China, pero tampoco van a dejarse intimidar por ella. Estas son las bases de compromiso que se han puesto sobre la mesa.

Source : July 13, 2023, EL MUNDO

https://www.elmundo.es/internacional/2023/07/13/6423317efdddff46058b45be.html

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India, international affairs, Russia and Eurasia, US and canada, Writing

Partnerships Matter: That City on the Hill; A Ship Adrift; A Lighthouse in the Tempest

India is the breakout partner for the US, defying what may once have seemed an improbable relationship.

Prime Minister Narendra Modi’s first state visit to the United States (US) came at a pivotal moment for global politics. It took place as communities across continents grappled with extreme economic volatility, polarised and sometimes violent public, and a breakdown of an unwritten yet impactful consensus on the benefits and utility of globalisation and global integration.

As Air India One touched down in New York for the first leg of Mr Modi’s visit, the Russian special military operation (invasion) in Ukraine was entering a new round of bloodletting. The European Union was just one incident away from further mayhem. The US was witnessing its most vicious conflict of recent time, the Battle of Pronouns. The liberal order, so assiduously crafted over the past seven decades by the transatlantic alliance, was neither liberal nor an order; it was simply adrift.

Once a proud people whose every whim became a global fad, it was now a country divided by identity, perverse politics, and an enduring uncertainty about the future beyond 2024.

Pax Americana was now just a nostalgic musing. The country that was identified by South Block’s brains trust as India’s most consequential partner in this century, was unrecognisable. Once a proud people whose every whim became a global fad, it was now a country divided by identity, perverse politics, and an enduring uncertainty about the future beyond 2024. Elections that are celebrations of pluralism elsewhere were now viewed with trepidation and anxiety.

In the last decades of the Roman Empire, life may not have been too different. A bloated sense of virtuosity and entitlement, obsession with gender and sexuality, and condescension towards those different to you were some among the common attributes. Add to that the always present dark underbelly of American society—racism. This was now all pervasive and normalised across the political spectrum, either as nationalist fervour or ‘woke’ swag.

And American media was taking it to the industrial scale through its partisan and uninformed reportage on its own people and on others. Orientalism was justifiable as freedom of expression was somehow a divine endowment that fed its preferred echo chambers. Cancel culture was popular culture. Newspapers once again became pamphlets, and gun culture was the manifestation of a society determined to shoot itself in the foot. The Supreme Court of the United States was indicted in its collaboration to disenfranchise half its population and become part of the political circus.

The Supreme Court of the United States was indicted in its collaboration to disenfranchise half its population and become part of the political circus.

Maybe it was time for another democracy and plural society to step in. It was the right moment for the US to hear PM Modi’s assertion that “India has proved that democracies can deliver […] regardless of class, creed, religion and gender” and “there is absolutely no space for discrimination”. This assertion has weight. It comes from a man leading a nation with more diverse communities, cultures, and customs than any other on the planet. The man who is committed to carry the largest democracy forward and cognisant of the challenge of defending pluralism in a world where disorder is the favoured operating system.

The state must serve the streets, not surrender to it was the Modi proposition.

For India, despite the recent developments, America was still the best bet. A superpower in decline was easier to negotiate with and seek bargains from. A people most like its own were easier to disagree with and yet, collaborate to build a basis for the broadly similar future we would share. Of course, as it did this it would need to develop a thick skin and rebuff the commentariat from the Beltway and challenge SoCal’s technology platforms that would promote hate, cancel speech, supress dissent, and amplify irrationality depending on the politics that mattered to them.

India’s cultural and constitutional realities would need to be protected even if it meant throwing the harsh end of the rule book at some technology behemoths and meddlesome institutions cloaking themselves under thew garb of virtuosity. The challenge for India was to do both even as it set about expanding the strategic content of its partnership with the Biden team. And it had to do this while seeking to preserve its geopolitical space in a world where choosing sides was an obsession.

India’s cultural and constitutional realities would need to be protected even if it meant throwing the harsh end of the rule book at some technology behemoths and meddlesome institutions cloaking themselves under thew garb of virtuosity.

Assertiveness and confidence defined PM Modi’s body language as he strode down the steps of Air India One. A day earlier, he had announced India’s position on Moscow: “We are not neutral. We are on the side of peace”—a message to both Russia and to the ‘neocons’, who had grabbed the media space and headlines recently. He also expressed confidence about bolstering India-US cooperation at forums like the G20, the Quad, and the Indo-Pacific Economic Framework for Prosperity. On American soil, he looked every inch the global leader who had put the idea of strategic alignment with the oldest democracy on steroids. This commitment was what he brought to the White House and raised the partnership five notches higher in tandem with President Biden who, despite domestic noise, turned up with his own resolutions.

First, India and the US have elevated their technology partnership to new heights. Both leaders hailed the launch of the Initiative on Critical and Emerging Technologies in January 2023, recommitting their countries to the creation of an open, accessible, and secure technology ecosystem. Defence cooperation received a major boost with a landmark agreement for the joint production of fighter jet engines in India. In the domain of civil space exploration, NASA and ISRO will undertake a joint mission to the International Space Station in 2024. And a Semiconductor Supply Chain and Innovation Partnership has been launched to galvanise both countries’ semiconductor programmes. In each case, India is the breakout partner for the US, defying what may once have seemed an improbable relationship.

Second, the wide-ranging defence deals—that also included the joint adoption of a Defence Industrial Cooperation Roadmap and the launch of the US-India Defence Acceleration Ecosystem—are not merely commercial transactions but indicative of a definite strategic direction. The co-production of jet engines; exercises in collaborative research, testing, and prototyping; and joint def-tech innovation all have implications beyond the deals themselves. They provide international stability and fortify India’s position as a strong, progressive nation. For the US, they act as investments in the Indo-Pacific construct and in a country that is now a geopolitically robust actor.

India is the breakout partner for the US, defying what may once have seemed an improbable relationship.

In a sense, the transfer of GE F414 jet engine technology and the sale of General Atomic predator drones in a government-to-government deal constitutes strengthening the frontline of democracy in the emerging geopolitical contest against authoritarianism. These platforms will be deployed where it counts; in contrast, constructs such as AUKUS are contingency planning.

Third, the rousing reception of PM Modi’s speech at the US Congress—and the 15 odd ovations he received for his celebration of the values of democracy, the unity of cultures, women’s empowerment, sustainable development, and technological advancement—more than drowned out the axis of drivel represented by the half-dozen members of Congress who chose to boycott his address. These were ad hominem voices that revel in false reason and pandering to perverse vote-banks. Their naysaying cannot undermine the stature of an Indian Prime Minister. The applause that reverberated through Congress was a vindication of Indian leadership, and of the PM’s belief that the “[India-US] relationship is prime for a momentous future, and that future is today”.

Fourth, the massive crowds of the Indian diaspora who gathered outside the White House to welcome PM Modi represented an evolution of the human bridge between the two countries. Even as they jostled for space and waved Indian and American flags, they stood for a community that sees both New Delhi and Washington, DC as its own and that will play a catalytic role in nurturing the partnership. Our domestic debates and contests will layer and colour the bilateral relationship, even as our domestic resolve will add steel to the partnership.

The applause that reverberated through Congress was a vindication of Indian leadership, and of the PM’s belief that the “[India-US] relationship is prime for a momentous future, and that future is today”.

The fifth and final “notch” has to do with continuity. The ties between the world’s oldest and largest democracies are enduring. From President Bush to Biden, with Obama and Trump in between, and from PM Vajpayee to Modi, with Manmohan Singh in between, we have seen heads of government on both sides staunchly committed to this relationship. Across parties, this has resulted in an abiding vision of a bipartisan future.

But it is now essential as well to recognise this partnership’s vitality for world affairs, its global impact on inclusive growth and development, and ultimately, on peace and prosperity. As the joint statement by the US and India puts it, “No corner of human enterprise is untouched by the partnership between [these] two great countries, which spans the seas to the stars.” It is time to invest in a global blueprint of this concert.

The present is muddy, the future is shared, and the possibilities are limitless.

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